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Era el primer ser vivo que se veía en el pueblo en muchos años, desde la terrorífica noche en que Nehi, el diablo de las montañas, reunió una larga caravana de criaturas y alejó del pueblo para siempre a todos los animales, desde los caballos hasta las palomas, desde las arañas hasta las ovejas y los toros. Los padres fueron arrastrados de pronto y sin previo aviso por una ola de nostalgia o de pesar y empezaron a imitar para sus hijos los sonidos de las aves y los demás animales, todo tipo de mugidos, el aullido de los lobos desde el bosque, el zureo de las palomas, el zumbido de las avispas, el aleteo de las ocas del río, el croar de las ranas, el ulular de las lechuzas y los búhos. Pero al cabo de un rato, esos mismos padres negaron su pesar, hicieron como que sólo habían pretendido entretener un rato, nada más, e insistieron en que todos esos sonidos no eran reales sino que tan sólo formaban parte de los cuentos y las fábulas.
Qué extraños eran los entresijos de la memoria de la gente del pueblo: las cosas que se esforzaban por recordar huían a veces y se ocultaban bajo el manto del olvido. Y precisamente lo que decidían que había que olvidar flotaba desde el fondo del olvido como si pretendiera angustiarlos. A veces recordaban con todo lujo de detalles lo que casi no había existido. O se acordaban de lo que ya no existía, reviviéndolo con dolor y añoranza, pero por vergüenza o pesar decidían que sólo había sido un sueño. Nada más que un momentáneo exceso de la imaginación. Y decían a sus hijos:
– Tan sólo es una leyenda.
O afirmaban:
– A fin de cuentas sólo era una pequeña broma. Nada más.
En algunos niños esas historias despertaron una especie de incierta nostalgia por lo que tal vez hubo aquí alguna vez y por lo que tal vez nunca existió. Pero también había muchos niños que no querían
