
Crujieron las tablas del piso y Kaliam apareció de la nada, irritado por el calor. Miró a Maliánov con sus ojos verdes, y abrió y cerró la boca en silencio. Luego, moviendo la cola, fue hacia su plato, bajo el horno. En el plato no había nada, aparte de unos huesos de pescado pelados.
— Tienes hambre — dijo Maliánov, desdichado.
Kaliam respondió enseguida en una forma que quería decir bueno, sí, no me vendría mal comer alguna cosita.
— Esta mañana comiste — dijo Maliánov, acuclillándose delante de la refrigeradora—. O no, no es cierto. Te alimenté ayer por la mañana.
Sacó el cacharro de Kaliam y lo examinó… había un par de restos, y una espina de pescado pegada a un costado. Y en la refrigeradora misma, ni siquiera eso. Una caja vacía, que había contenido un poco de queso Yantar, un frasco de aspecto horrible con residuos de kéfir, y una botella de vino llena de té helado. En el recipiente de las verduras, entre las cáscaras de cebolla, un trozo arrugado de col, del tamaño de un puño, se pudría junto a una papa brotada, que languidecía, olvidada. Maliánov miró en el congelador: un trocito minúsculo de tocino, en un plato, se disponía a pasar el invierno en medio de las montañas de escarcha. Y eso era todo.
Kaliam ronroneaba y frotaba los bigotes en la rodilla desnuda de Maliánov. Este cerró la refrigeradora y se irguió.
— Está bien — dijo a Kaliam—. De cualquier modo, ahora todo está cerrado, han ido a almorzar.
Es claro que podía ir al bulevar Moscú, donde la tienda volvía a abrir después del almuerzo, a las dos. Pero allí siempre había colas, y quedaba demasiado lejos para ir con ese calor. ¡Y además, qué ridícula resultó ser la integral! Bueno, está bien, digamos que es la constante… no depende de omega. Está claro que no. Maliánov imaginó la esfera y vio la integración viajando sobre toda la superficie. Desde la nada, la fórmula de Zhukovski le saltó en la cabeza. Así, sin más. Maliánov la ahuyentó, pero la fórmula volvió. Probemos con la representación conformal, pensó.
