
El teléfono volvió a sonar, y Maliánov se encontró de nuevo en la sala, para su gran sorpresa. Maldijo, se dejó caer en la otomana y tendió la mano hacia el teléfono.
—¿Sí?
—¿Vitia? — preguntó una enérgica voz femenina.
—¿Con qué número quiere hablar?
—¿No es Inturist?
— No, es un departamento particular.
Maliánov colgó y permaneció inmóvil un rato, sintiendo la mordedura de la manta contra el costado desnudo, y comenzando a chorrear sudor. La pantalla amarilla relucía, llenando el cuarto de una desagradable luz amarilla. El aire era como gelatina. Debía trasladarse a la habitación de Bóbchik, eso. Ese cuarto era un baño de vapor. Miró su escritorio, cubierto de papeles y libros. Había seis volúmenes nada más que de Valdímir Ivánovich Smirnov. Y todos los papeles dispersos en el suelo. Se estremeció ante la idea de tener que moverse. Espera un minuto, hace un instante pesqué algo. Maldita, tú y tu estúpido Inturist, pedazo de zoquete. Veamos, me encontraba en la cocina y terminé aquí. ¡Ah, sí! ¡La representación conformal! Una idea estúpida. Pero supongo que habrá que examinarla.
Se levantó de la cama con un gruñido bajo, y el teléfono volvió a sonar.
— Idiota — le dijo al teléfono, y tomó el receptor—. ¿Hola?
—¿Es la estación? ¿Quién habla? ¿Es la estación?
Maliánov colgó y disco el número del servicio de reparaciones.
—¿Hola? Mi número es nueve-tres-nueve-ocho-cero-siete. Escuche, ya los llamé ayer por la noche. No puedo trabajar, a cada rato recibo llamados a números equivocados.
—¿Cuál es su número? — preguntó una malévola voz femenina.
