
Edith disponía de toda la jornada para hacer más o menos lo que le placiera; de hecho le había confesado que le sobraba el tiempo. Hester, en cambio, debía ganarse un sueldo. Por aquel entonces trabajaba de enfermera para un militar retirado que se había roto el fémur a causa de una caída. Después de que la despidieran del hospital al que se había incorporado a su regreso de la guerra de Crimea por asumir responsabilidades que no le concernían y tratar a un paciente en ausencia del médico, había tenido la fortuna de que la contrataran en un domicilio privado, gracias a su experiencia en Scutari, adquirida junto a Florence Nightingale, hacía apenas un año.
El caballero, el comandante Tiplady, que se recuperaba a buen ritmo, no había puesto objeciones a que se tomara la tarde libre, pero a Hester no le apetecía pasarla aguardando en Regent's Park a una amiga que se retrasaba, ni siquiera en un día tan apacible. Hester había sido testigo de tanta incompetencia y confusión durante la guerra, de tantas muertes que podrían haberse evitado si el orgullo y la ineficacia se hubieran dejado a un lado, que se mostraba intolerante con aquellos que adolecían de tales defectos; además, no tenía reparos en decirlo abiertamente. Poseía una mente ágil, unos gustos que se consideraban impropiamente intelectuales para una mujer y expresaba sus opiniones, ya fueran correctas o equivocadas, con excesiva convicción; cualidades que no la convertían en objeto de admiración. Edith necesitaría una buena razón para conseguir que aceptase sus disculpas por la demora.
Durante quince minutos recorrió una y otra vez el sendero que discurría junto a los narcisos mientras su irritación y enfado iban en aumento. Aquel comportamiento resultaba inadmisible, y más teniendo en cuenta que habían acordado reunirse en ese lugar porque a Edith le convenía, pues vivía en Clarence Gardens, a apenas ochocientos metros de distancia. Tal vez el agravio que Hester sentía fuera exagerado, y ella misma era consciente de ello a medida que su furia se acrecentaba. Sin embargo, no podía evitar apretar las manos enguantadas y andar con un paso cada vez más rápido.
