
Estaba a punto de marcharse cuando por fin vislumbró la silueta desgarbada pero agradable de Edith. Todavía vestía de negro, pues guardaba luto por su esposo, aunque había fallecido hacía casi dos años. Se acercaba corriendo por el sendero, los faldones del vestido se balanceaban de forma exagerada y llevaba el sombrero tan inclinado hacia atrás que parecía a punto de caérsele.
Hester se dispuso a ir a su encuentro. Aunque se había calmado al ver que por fin llegaba, ya preparaba un reproche adecuado por el tiempo perdido y la falta de consideración. Al aproximarse observó el semblante de Edith y sospechó que había ocurrido algo.
– ¿Qué ha sucedido? -preguntó en cuanto estuvieron juntas. Edith, mujer de rostro inteligente y poco común, labios finos y nariz aguileña y un tanto torcida, estaba pálida. El cabello rubio se escapaba descuidadamente del sombrero a causa de la brisa y la carrera-. ¿De qué se trata? -inquirió Hester con impaciencia-. ¿Estás enferma?
– No… -Edith, que estaba jadeando, la tomó de pronto del brazo y echó a andar tirando de su amiga-. Creo que me encuentro bastante bien aunque estoy muy nerviosa y soy incapaz de poner en orden mis pensamientos.
Hester se detuvo.
– ¿Por qué? Cuéntame que te ocurre. -Su irritación se había desvanecido-¿Puedo ayudarte en algo?
Una sonrisa atribulada recomo los labios de Edith para desaparecer acto seguido.
– No… bueno, dándome tu amistad.
– Ya sabes que la tienes -aseguró Hester-. ¿Qué ha sucedido?
– Mi hermano Thaddeus, el general Carlyon, sufrió un accidente anoche, en una cena celebrada en casa de los Furnival.
