– Oh, cielos, cuánto lo siento. Espero que no sea nada serio. ¿Resultó herido de gravedad?

La expresión de Edith denotaba una mezcla de incredulidad y confusión. Su rostro era excepcional, poco acorde con los cánones de belleza tradicionales: los ojos, de color avellana, despedían un brillo especial, tenía los labios sensuales y la falta de simetría de su cara quedaba compensada con creces por su espontánea inteligencia.

– Ha muerto -afirmó como si esas palabras la sorprendieran incluso a ella.

Hester, que estaba a punto de reanudar la marcha, quedó paralizada.

– ¡Oh, Dios mío! Qué horror. No sabes cuánto lo siento. ¿Cómo sucedió?

Edith frunció el entrecejo.

– Se cayó por las escaleras -respondió despacio-. Bueno, mejor dicho, cayó por encima del pasamanos del piso superior, fue a parar encima de una armadura decorativa y creo que la alabarda que sostenía le atravesó el pecho…

Hester no podía hacer otra cosa que reiterarle su pesar. Edith la tomó del brazo, dieron media vuelta y enfilaron el sendero que se abría paso entre los parterres.

– Dicen que murió en el acto -prosiguió-. Fue una terrible casualidad que cayera justo encima de la lanza. -Meneó la cabeza-. Seguro que cabría la posibilidad de caer cien veces sobre la armadura y acabar amoratado o tal vez con algún hueso roto, pero no la de ser atravesado por la alabarda.

Un caballero con uniforme militar, casaca roja, galón y botones dorados que relucían bajo la luz del sol, les hizo una reverencia al pasar por su lado, y ellas sonrieron de forma instintiva.

– Claro está que yo no conozco la casa de los Furnival -añadió Edith-, de modo que ignoro la altura de la galería que hay sobre el vestíbulo. Supongo que estará a unos cinco o seis metros.

– Hay personas que sufren accidentes terribles en las escaleras -afirmó Hester con la esperanza de que su comentario resultase de cierta ayuda y no sonara sentencioso-, en algunos casos mortales. ¿Estabais muy unidos? -Pensó en sus dos hermanos: James, el pequeño, el más lleno de vida, había fallecido en la guerra de Crimea, y Charles, que ya era padre de familia, un hombre serio, tranquilo y un tanto presuntuoso.



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