
– No demasiado, diría yo -afirmó con aflicción-. Está enfadado porque ese accidente no está exento de cierta ridiculez. No es exactamente como caer en el campo de batalla. -Esbozó una tímida sonrisa de tristeza-. No es un acto heroico.
Hester no lo había pensado. Conocía bien la realidad de la muerte, de la pérdida de un ser querido, porque ya había vivido la experiencia de la muerte súbita y en circunstancias trágicas de su hermano pequeño y sus padres en el período de un año. En aquel momento imaginó el accidente del general Carlyon y comprendió lo que Edith quería decir. Caer por encima del pasamanos durante una fiesta y morir atravesado por la alabarda de una armadura vacía no era precisamente un final glorioso. Era muy difícil que un hombre como el coronel Carlyon no sintiera cierto resentimiento y que el orgullo de la familia no hubiera sufrido un agravio. Se abstuvo de comentar que quizás el general no estuviera sobrio en el momento del accidente.
– Supongo que su esposa estará conmocionada -le dijo-. ¿Tenían hijos?
– Oh, sí, dos hijas y un hijo. Las hijas ya son mayores y están casadas, y la menor se encontraba en la cena, lo que no hace más que empeorar la situación.
Edith tomó aire con brusquedad, y Hester no consiguió discernir si se trataba de una señal de dolor o ira, o si se debía sólo al viento, decididamente más frío ahora que ya no estaban resguardadas por los árboles.
– Según Peverell, el esposo de Damaris -continuó Edith-, se habían peleado. Aseguró que había sido una fiesta de lo más espantoso. Todos parecían malhumorados y dispuestos a arremeter contra los demás ante la más mínima provocación. Tanto Alexandra, la esposa de Thaddeus, como Sabella, su hija, discutieron con él antes y durante la cena, además de con Louisa Furnival, la anfitriona.
– Es terrible -comentó Hester-, pero a veces las desavenencias familiares parecen mucho más graves de lo que son y, por eso mismo, el dolor que se siente con posterioridad puede ser mucho más intenso, porque como es natural se le añade un componente de culpa. No obstante, estoy convencida de que los difuntos saben que muchas de las cosas que decimos no son del todo ciertas y que, bajo la superficie, palpita un amor mucho más profundo que cualquier furia momentánea.
