
Edith le estrechó el brazo en señal de gratitud.
– Entiendo lo que intentas decirme, querida, y no sabes cuánto lo valoro. Un día de éstos te presentaré a Alexandra. Creo que congeniaríais. Se casó joven y enseguida tuvo hijos, por lo que nunca ha vivido sola ni ha tenido grandes aventuras como tú. Aun así posee un espíritu tan independiente como le permiten las circunstancias, además de, por supuesto, una buena dosis de coraje e imaginación.
– Será un placer conocerla, -declaró Hester, aunque a decir verdad no le apetecía demasiado pasar parte de su precioso tiempo libre en compañía de una mujer que había enviudado recientemente, por muy valiente que fuera. Debido a su profesión había presenciado dolor y aflicción en dosis más que suficientes. Sin embargo, decir aquello en esos momentos hubiera resultado cruel; además, apreciaba de verdad a Edith y habría hecho cualquier cosa por complacerla.
– Gracias. -Edith la miró de soslayo-. ¿Me considerarías insensible si hablara de otro tema?
– ¡Por supuesto que no! ¿De qué se trata?
– La razón por la que concerté una cita contigo en un sitio en el que pudiéramos charlar sin interrupciones, en lugar de invitarte a mi casa -explicó Edith-, es que eres la única persona que considero puede entenderme y quizás ayudarme. Claro está que en las circunstancias actuales mi familia me necesitará, pero luego…
– ¿Sí?
– Hester, hace ya casi dos años que Oswald murió. No tengo hijos. -El dolor se reflejó en su rostro, lo que puso de manifiesto su vulnerabilidad bajo la intensa luz primaveral e hizo que aparentara menos de los treinta y tres años que tenía. Esa expresión desapareció y su semblante recuperó su determinación característica-. Me aburro mortalmente -reconoció con voz firme.
