Meri gruñó.

– Que alguien me mate ahora mismo.

– Nadie va a matarte -dijo Jack sentándose en la cama a su lado y poniendo la mano sobre su espalda-. Venga, es tu cumpleaños. ¿Cuál es el problema?

¿De cuánto tiempo disponía? Podía hacerle una lista e incluso, si le daba cuarenta y cinco segundos, traducirla a un par de idiomas y hacerle un índice.

– Odio mi vida. Es horrible. Soy un desastre. Peor, soy gorda, fea y siempre seré así.

Oyó como Jack inspiraba.

Había muchas razones por las que estaba completamente enamorada de él. Era muy guapo, aunque eso era lo de menos. Lo mejor de Jack era que le dedicaba tiempo. Hablaba con ella como si fuera una persona de verdad. Junto a Hunter, su hermano, quería a Jack más que a nadie en el mundo.

– No eres un desastre -dijo él con voz queda.

Reparó en que no le dijo que no era gorda. Era imposible evitar ignorar los veinte kilos que había ganado en su menuda estructura de apenas un metro y cincuenta y cinco centímetros. Por desgracia tampoco le dijo que no era fea. Jack era amable, pero no era ningún mentiroso.

Entre sus correctores dentales, su nariz y su complexión, podía contar con una oferta de empleo permanente en el circo.

– No soy normal -dijo aún hablando con el rostro hundido en la almohada-. Estaba planeando mi propia muerte y he acabado haciendo ecuaciones matemáticas. La gente normal no hace eso.

– Tienes razón, Meri. No eres normal. Eres mucho mejor que la media. Eres un genio y los demás somos unos idiotas.

Él no era ningún idiota. Era perfecto.

– Llevo en la universidad desde los doce años -murmuró-. Es decir, cinco. Si de veras fuera lista, ya habría acabado.

– Estás estudiando un doctorado, por no mencionar… ¿Cuántas eran? ¿Tres especializaciones?

– Algo así.

Incapaz de estar en la misma habitación que él sin mirarlo, se dio la vuelta sobre su espalda.



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