
Era impresionante, pensó mientras sentía presión en el pecho y un vuelco en el estómago.
– Tengo que encontrar la manera de apagar mi cerebro -dijo cubriéndose el rostro con las manos.
– ¿Por qué? ¿Para ser como el resto de nosotros?
– Sí -dijo dejando caer las manos a los lados-. Quiero ser una chica normal.
– Lo siento. Tendrás que conformarte con ser alguien especial.
Lo quería tanto que sentía dolor. Quería que la viera como algo más que la hermana pequeña de su mejor amigo. Quería que la viera como a una mujer.
– No tengo amigos -dijo esforzándose por ignorar la necesidad que sentía de confesarle que lo amaría siempre-. Soy demasiado joven, especialmente en el curso de doctorado. Todos creen que soy una niña engreída. Están esperando que me hunda y fracase.
– Lo cual no va a ocurrir.
– Lo sé, pero entre mi aislamiento académico y la falta de un modelo femenino de referencia desde la muerte de mi madre, las probabilidades de madurar y convertirme en un miembro de provecho para la sociedad son cada día más escasas. Como he dicho antes, soy un auténtico desastre -dijo mientras unas lágrimas surcaban sus mejillas-. Nunca tendré novio.
– Espera un par de años.
– Eso nunca ocurrirá. Y si algún chico siente lástima de mí y me pide salir, tendrá que estar borracho para querer besarme, por no hablar de sexo. Voy a morir virgen.
Los sollozos comenzaron de nuevo.
Jack tiró de ella hasta hacerla sentarse y la rodeó entre sus brazos.
– Vaya cumpleaños -dijo.
– Ni que lo digas.
Ella se arrimó, disfrutando de lo fuerte y musculoso que era. También de su olor. Si estuviera locamente enamorado de ella, aquel momento sería perfecto.
Pero eso nunca ocurriría. En vez de declararle su amor incondicional y arrancarle la ropa, o al menos besarla, él se apartó.
– Meri, estás en un momento difícil. Aquí no encajas y seguramente tampoco lo hagas con los chicos de tu edad.
