– Así es.

– Ya hay uno.

– Es un juguete -dijo ella arrugando la nariz-. Esto es un instrumento.

– Pero estarás aquí sólo un mes.

Menos si su plan funcionaba bien.

– Lo sé, pero quiero ver las estrellas. Todo sabe mejor cuando hay estrellas a las que mirar.

– Le vas a buscar un sitio, ¿verdad?

– Sí, voy a dejarlo aquí, en la casa, para los que la habiten después -dijo Meri, mientras miraba ansiosa al camión-. Les dejaré algunas instrucciones escritas, aunque está computarizado. Lo único que tendrán que hacer será escribir aquello que quieran ver y luego disfrutar. A nosotros no nos hará falta el programa, ya que no me hace falta para encontrar lo que quiero ver.

– No tengo ninguna duda.

– ¿Qué? -dijo mirándolo.

– Nada, tú sola te vales.

¿Qué significaba aquello? Aunque, si se lo preguntaba, seguro que no le respondía.

– A Hunter le habría encantado -afirmó Meri ausente, consciente de que su hermano se habría reído de ella, pero habría acabado pasando la noche disfrutando del cielo.

Le agradaba pensar en su hermano, a la vez que la entristecía. A pesar de los buenos recuerdos que tenía de él, sentía dolor en el corazón por su pérdida.

– Me acuerdo de él cada día -dijo ella-. Me gustaría que estuviera aquí. ¿Piensas en él?

Jack cambió de expresión y se dio la vuelta.

– No, no pienso en él en absoluto.

Sabía que no podía estar diciendo la verdad, Hunter y él habían sido amigos íntimos durante mucho tiempo. Habían sido como hermanos y era imposible que Jack lo hubiera olvidado.

– La mayoría de la gente mejora con la edad -dijo Meri-. Es una pena que tú no. No sólo no cumples tu palabra, sino que además eres un mentiroso.

Capítulo Tres

Jack pasó un par de horas en el despacho trabajando.

– Están construyendo más carreteras en Afganistán -dijo Bobbi Sue, su secretaria de Dallas-. Están pensando en un contrato por dieciocho meses, pero todos sabemos que esas cosas llevan más tiempo. Ah, y la hermana Helena llamó. Quieren llevar otro cargamento de medicinas.



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