
Su compañía daba protección en los lugares más peligrosos del mundo. Sus equipos permitían que las empresas constructoras llevaran a cabo sus trabajos. La misión era peligrosa, una pesadilla logística extremadamente cara. Sus clientes pagaban bien por los servicios que obtenían.
Los beneficios de la compañía eran destinados a los que prestaban su ayuda en sitios muchas veces olvidados. Se había criado a la sombra de la Fundación Howington, un fondo filantrópico que ayudaba a los pobres. Jack odiaba ser heredero de una gran estirpe y se había prometido labrarse su propio destino.
Y lo había conseguido. Había levantado su empresa de la nada, aunque no podía evitar aquella sensación de deber que le obligaba a usar sus beneficios para algo más que llevar una vida ostentosa.
Sus críticos decían que podía permitirse ser generoso; tenía un fondo de casi un billón de dólares. Lo que no sabían era que nunca lo había tocado. Otra promesa que se había hecho a sí mismo. La pregunta era si podría reunir lo suficiente para que aquella sensación de tener que demostrar algo desapareciera.
– Pásale a Ron el contrato -le dijo Jack a su secretaria-. Que recoja las cláusulas habituales. Dile a la hermana Helena que nos diga por correo electrónico cuáles son las mejores fechas para llevar el cargamento e intentaremos cumplirlas.
– Va a querer irse antes de que vuelvas de tus vacaciones en Tahoe.
– No estoy de vacaciones.
– Ya, ¿un mes en una casa estupenda sin tener que hacer nada? Para mí, eso son vacaciones.
– Estoy trabajando.
– Bla, bla, bla.
Bobbi Sue tenía carácter, pero Jack lo soportaba porque era la mejor en su trabajo. Podía ser su madre, un hecho que solía mencionar, especialmente cuando insistía en que tenía que sentar la cabeza.
