– Estoy en ello -comentó.

– Lo siento, a veces me emociono cuando me dejas ayudarte.

– No, todas tus ideas son bienvenidas, Merry, lo sabes. Es por eso por lo que te llamé para que vinieras aquí -dijo saludándome con un gesto de la mano mientras se giraba en dirección a la escena del crimen. No podíamos despedirnos con un apretón de manos porque ella todavía llevaba puestos los guantes y sostenía las pruebas.

Doyle y Frost casi habían llegado junto a mí, pero tampoco íbamos a poder irnos a la playa en seguida. Tenía que advertir a los semiduendes del lugar, e intentar encontrar una manera de ver si la mortalidad se había extendido entre ellos, o si había alguna magia aquí en Los Ángeles que pudiera estar robando su inmortalidad. Había cosas que eventualmente podrían llegar a matarnos, pero no había muchas que permitieran a alguien cortarles la garganta a nuestros parientes alados. Ellos eran la esencia del mundo feérico, más incluso que la Alta Nobleza de las Cortes. Si averiguaba algo se lo diría a Lucy, pero hasta que tuviera algo que fuera útil me guardaría mis secretos. Sólo era humana en parte; y el resto de mí era puro duende, y sabemos guardar un secreto. El truco estaba en cómo advertir a los semiduendes sin provocar el pánico. Entonces comprendí que no había otra forma. Los duendes son igual que los humanos, entienden el miedo. Algo de magia, o un poco de inmortalidad, no te evitan el sentir temor; sólo te dan una lista diferente de miedos.

CAPÍTULO 2

FROST INTENTÓ ABRAZARME, PERO LE DETUVE PONIENDO una mano en su estómago, tan breve, que realmente tocaba su pecho.

– Ella está intentando mostrarse firme ante los policías -dijo Doyle.

– No deberíamos haberte dejado venir a ver esto -dijo Frost.

– Jeremy podía haber dado la opinión de un duende -añadió Doyle.

– Jeremy es el jefe y le está permitido desconectar su móvil un sábado -les contesté.



12 из 337