
– ¿Crees que así será? -pregunté.
– No -dijo-. No lo creo.
– ¿Puedo alertar a los semiduendes de la zona para que tengan cuidado, o vas a tratar de ocultar el perfil de las víctimas a los medios de comunicación?
– Adviérteles, porque si no lo hacemos y ocurre de nuevo, seremos acusados de racistas, o ¿esto es ser especistas? -dijo sacudiendo la cabeza y caminando hasta el cordón policial. La seguí, feliz de apartarme de los cuerpos.
– Los humanos pueden cruzarse con semiduendes, así que no creo que la palabra “especista” se pueda aplicar.
– Yo no podría procrear con algo del tamaño de una muñeca. Sería algo anormal.
– Algunos de ellos tienen dos formas, una pequeña y otra apenas un poco más baja que yo.
– ¿Metro y medio? De verdad, ¿pueden pasar de 25 centímetros a casi un metro y medio?
– Sí, de verdad. Es una capacidad rara, pero se da, y los bebés son fértiles, por lo que creo que realmente no son especies tan diferentes.
– No quise que pareciera una ofensa -me dijo.
– Yo tampoco me he sentido ofendida, sólo te lo estoy explicando.
Estábamos casi ante el cordón policial y mis novios parecían visiblemente nerviosos.
– Disfruta de tu sábado -me dijo.
– Lo mismo te digo, aunque sé que estarás por aquí durante horas.
– Sí, creo que tu sábado será mucho más divertido que el mío -dijo mientras miraba a Doyle y Frost cuando la policía finalmente les dejó avanzar. Lucy les lanzó una mirada de admiración tras sus gafas de sol. No podía culparla.
Me quité los guantes aunque no había tocado nada. Los dejé caer donde estaban los otros guantes desechados a este lado del cordón. Lucy sostuvo el cordón para mí y la verdad no tuve que inclinarme mucho. A veces ser pequeña es una ventaja.
– Oh, recuerda comprobar las flores, y a los floristas -le dije.
