Hasta ahora nadie había intentado matarme, a mí o a alguno de los míos, pero Doyle era la Oscuridad de la Reina, y Frost era el Asesino Frost. Se habían ganado sus nombres, y ahora que estábamos enamorados y yo llevaba a sus niños, sería una lástima dejar que algo saliera mal. Éste era el final de nuestro cuento de hadas, y tal vez no teníamos enemigos al acecho, pero los viejos hábitos no son siempre una mala cosa. Me sentía segura con ellos, pero los quería más que a la vida misma, y si morían intentando protegerme nunca me recuperaría de ello. Hay muchas formas de morir sin llegar a morir.

Cuando quedamos fuera del alcance del oído de los policías humanos, les conté mis temores sobre los asesinatos.

– ¿Cómo averiguamos si los duendes menores son más fáciles de matar aquí? -preguntó Frost.

– En otros tiempos habría sido bastante simple -contestó Doyle.

Dejé de andar, lo cual le obligó a detenerse.

– ¿Sólo escogerías a unos cuantos y verías si podías cortar sus gargantas?

– Si mi reina lo hubiera pedido, sí -contestó.

Comencé a apartarme de él, pero sujetó mi brazo con el suyo.

– Tú sabías lo que yo era antes de acogerme en tu cama, Meredith. Es un poco tarde para el shock y la inocencia.

– La reina diría… “¿Dónde está mi Oscuridad? Traedme a mi Oscuridad.” Y tú aparecerías, o simplemente darías un paso acercándote a ella, y entonces alguien sangraría o moriría -dije.

– Fui su arma y su general. Hice lo que me ordenaban.

Estudié su expresión, y supe que no eran simplemente las gafas de sol negras y envolventes lo que me impedían leerle. Él podía esconder cualquier cosa tras su semblante. Había pasado demasiados años junto a una reina loca, donde una mirada equivocada o a destiempo te podía enviar al Vestíbulo de la Muerte, la cámara de tortura. La tortura podía durar mucho para un inmortal, especialmente si te curabas bien.



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