– Fui un duende menor una vez, Meredith -dijo Frost. Él había sido Jack Frost, y, literalmente, una leyenda humana, pero la necesidad de ser más fuerte para proteger a la mujer que amaba le había convertido en el Asesino Frost. Pero una vez fue simplemente el pequeño Jackie Frost, solamente un ser menor en el séquito del poder Invernal. La mujer por quien él había cambiado tan completamente hacía siglos que moraba en su tumba humana, y ahora él me amaba a mí: El único miembro de la corte real sidhe, que no envejecía y no era inmortal. Pobre Frost… al parecer no podía amar a personas que le sobrevivieran.

– Sé que no siempre fuiste sidhe.

– Pero recuerdo cuando él era la Oscuridad para mí, y le temía tanto como los demás. Ahora es mi amigo más fiel y mi capitán, porque ese otro Doyle existió siglos antes de que tú nacieras.

Volví a examinar su rostro, y a pesar de sus gafas de sol pude ver la gentileza… un atisbo de la ternura que sólo me había dejado ver en las últimas semanas. Me di cuenta de que Frost había actuado igual que si hubiera tenido que proteger a Doyle en una batalla. Me había distraído de mi cólera, poniéndose en medio, como si yo fuera una espada para ser eludida.

Tendí una mano hacia él, y la tomó. Dejé de luchar contra el brazo de Doyle, y simplemente los sujeté a ambos.

– Tienes razón. Ambos tenéis razón. Sabía la historia de Doyle antes de que él llegase a mi lado. Dejadme volver a intentarlo. -Contemplé a Doyle, todavía con la mano de Frost en la mía-. ¿No estarás sugiriendo que probemos nuestra teoría con un semiduende escogido al azar?

– No, pero con sinceridad no se me ocurre otra forma de probarlo.

Pensé en eso, y luego negué con la cabeza.

– Ni a mí.



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