
Caminó delante de nosotros por la acera, junto a felices parejas caminando de la mano y sus familias todas sonrientes, todas riéndose. Los niños clavaban abiertamente los ojos en el Fear Dearg. Los adultos le miraban de reojo, pero fue a nosotros a quiénes se quedaron mirando fijamente. Me di cuenta de que nos veíamos tal como éramos. No se me había ocurrido usar el encanto para hacernos parecer humanos, o al menos, menos evidentes. Había sido demasiado imprudente con lo que decía.
Los padres tardaron en reaccionar, luego sonrieron, e intentaron establecer contacto visual. Si yo les devolvía la mirada, igual querrían entablar conversación, y nosotros de verdad que necesitábamos advertir a los semiduendes. Normalmente intentaba ser amistosa, pero no hoy.
El encanto era la habilidad para nublar la mente de otros a fin de que vieran lo que tú deseabas que vieran, no lo que estuviera realmente allí. Hasta hacía pocos meses, ésa siempre había sido mi magia más fuerte. Era todavía la magia con la que estaba más familiarizada, y ahora fluía fácilmente a través de mi piel.
Hablé en voz baja para Doyle y Frost…
– Sólo conseguimos miradas atónitas, y la prensa no está aquí para quejarse.
– Puedo esconderme.
– No, con esta luz no puedes -le dije. Doyle tenía la extraña habilidad de esconderse como una especie de ninja de película. Yo sabía que él era la Oscuridad, y tú nunca ves a la oscuridad antes de que te alcance, pero no había caído en la cuenta de que había algo más que simplemente siglos de práctica. Realmente podía envolver las sombras a su alrededor y esconderse. Pero no nos podía esconder a nosotros, y necesitaba algo más que la brillante luz del sol que le rodeaba para esconderse.
