– Eso no es de tu incumbencia, Fear Dearg -dijo Doyle.

– Está bien, Doyle. Todo el mundo lo sabrá muy pronto.

– No, Meredith, no aquí, no en la calle -Hubo algo en la forma que él dijo eso que hizo que me detuviera. Pero fue la mano de Frost apretando mi brazo, lo que me hizo mirarle, y darme cuenta de que un Fear Dearg podría ser el asesino de los semiduendes. Quizás podría ser nuestro asesino, ya que los Fear Dearg se apartaban de las reglas habituales de nuestra clase, de ahí todo ese discurso sobre su pertenencia al reino de los sluagh.

¿Estaba nuestro asesino en serie ahí de pie junto a mis amantes? ¿No sería conveniente? Sentí un atisbo de esperanza, pero lo dejé morir tan rápidamente como había llegado. Había trabajado antes en casos de asesinato, y nunca era tan fácil. Los asesinos no coinciden contigo en la calle poco después de abandonar la escena del crimen. Aunque sería bonito si sólo por una vez realmente fuera tan fácil. En ese momento me percaté de que Doyle se había dado cuenta en cuanto le vio de que el Fear Dearg podría ser nuestro asesino. A eso era debida su extrema cautela.

De repente me sentí torpe e incapaz de hacer este trabajo. Se suponía que yo era un detective, y que Lucy me había llamado debido a mi experiencia del mundo de las hadas. Menuda experta estaba resultando ser.

CAPÍTULO 4

ESTE FEAR DEARG ERA MÁS PEQUEÑO QUE YO, AUNQUE SÓLO unos centímetros. Apenas llegaba al metro cincuenta. Antiguamente debía ser el equivalente a la talla media de un humano. Su cara estaba arrugada y llevaba unas patillas encrespadas y anchas que cubrían sus mejillas como una barba grisácea. Su nariz era delgada, larga, y afilada. Sus ojos eran grandes para su cara y se inclinaban hacia arriba en las esquinas. Eran negros, y parecían no tener iris hasta que te dabas cuenta de que, al igual que Doyle, sus irises eran tan negros como sus pupilas, con lo que tenías problemas para distinguirlos.



25 из 337