
Cerrando los ojos, extendió la mano y las palabras se disolvieron en una niebla que se elevó desde el suelo, sólo para volver a posarse sobre su brazo izquierdo. Símbolo por símbolo. Palabra por palabra, los caracteres, todavía sangrientos, le cortaban la piel. Siseó ante el ardor de aquellos al grabarse en su piel. El dolor lo acompañó. Lo fortaleció.
Pronto sería libre durante un mes. Un mes para rastrear y asesinar. El único por el que se había sacrificado pagaría y ganaría su indulto en el proceso. Bueno. Si no lo hacía…
Bien, el nombre de la venganza algunas veces conllevaba un buen sacrificio. Al menos esta vez, moriría sabiendo que nadie se reiría jamás de él.
CAPÍTULO 1
Café Maspero
Nueva Orleáns
Febrero 2008
– ¿Alguna vez has deseado poner la cabeza en una licuadora y encenderse el interruptor?
Simone Dubois frunció el ceño, seguidamente se rió de Tate Bennett, el médico forense de la parroquia de Nueva Orleáns, mientras él tomaba asiento en la mesa de madera oscura, frente a ella. Como siempre, Tate estaba impecablemente vestido llevaba una camisa blanca con botones en el cuello y pantalones negros flojos. Su piel era oscura y perfecta, un regalo de su herencia criolla y haitiana. Con rasgos bien definidos, esculpidos, era extremadamente guapo y esos ojos oscuros nunca perdían un detalle.
Su atuendo impecable era un contraste agudo con los descoloridos vaqueros, el suéter azul marino y la mata alborotada de rizos marrón oscuro que nunca obedecían a ningún estilo que intentara darle Simone. El único rasgo que considero remotamente interesante eran sus ojos color avellana que se volvían oro cada vez que les daba el sol.
Ella se limpió la boca con la servilleta.
– Honestamente… no puedo decir que lo haya deseado. Pero ha habido algunos otras cabezas a las que me gustaría hacerle eso. ¿Por qué?
