
Dejó caer una carpeta delante de ella.
– ¿Cuántos asesinos en series puede tener una ciudad?
– No estoy al tanto de esas estadísticas. Depende de la ciudad, supongo. ¿Estás diciéndome que tenemos otro aquí?
Él desenvolvió sus cubiertos y colocó su servilleta sobre su regazo.
– No lo sé. Han llegado a mi oficina un par de extraños asesinatos en las últimas dos semanas. Aparentemente sin conexión.
Esas palabras estaban cargadas de significado.
– Pero…
– Pero tengo una sensación sobre esto y no es la clase de oh-mira-es-del-tipo-del-mundo-luminosamente-brillante.
Simone tomó un sorbo de refresco antes de abrir el archivo y hacer una mueca con las grotescas fotos de la escena del crimen. Como siempre, eran sangrientas y detalladas.
– Me encantan los regalos que me traes para el almuerzo. Otras chicas consiguen diamantes. ¿Y yo? Consigo masacres, sangre y todo antes del mediodía. Gracias, Tate.
Se inclino y le robó una patata frita francesa de su plato.
– No te preocupes, Boo. Te los compraré. Además, eres la única mujer que conozco que puedo encontrarme en el almuerzo y con la que puedo hablar de trabajo. Todas las demás se ponen muy sensibles.
Alzó la vista.
– Sabes, no estoy segura de que esto sea un verdadero cumplido.
– Confíe en mí, lo es. Si LaShonda alguna vez recupera la sensatez y me abandona, entonces eres la siguiente Sra. Tate.
– Otra vez, no seas tan adulador con ninguna de nosotras. ¿Debería decirle a LaShonda lo qué su maridito piensa de ella? -Le tomo el pelo.
– Por favor no lo hagas. Podría envenenar mi cush-cush… o peor aún, podría golpear mi culo-culo.
Simone se rió de nuevo.
– No te preocupes, me aseguraría y la llevaría ante la ley por ello.
– Estoy seguro de que lo harías. -Se detuvo para pedir un “bocadillo” de cangrejo y patatas fritas a la camarera. Simone continuó mirando las fotos mientras él hablaba con la joven gótica que tomaba su pedido.
