Simone inclinó su cabeza en dirección a su amigo que estaba sentado y la miraba con el ceño severamente fruncido.

– Por favor explícame cómo se levantó mientras él sostenía su corazón -dijo lentamente.

– Eso es lo que quiero que me digas. Mira, trato con… bien, la mayoría de los días, la extraña mierda paranormal. Eres la reina de lo extraño. Necesito a la reina en esto antes de que tenga que empezar a contratar a un nuevo médico forense que no se vuelva loco cuándo los muertos se escapen de las mesas. ¿Sabes dónde puedo encontrar algunas de estas insólitas personas? Sé que pasas el tiempo con ellos.

– Gracias, Tate. Siempre espero estas palabras de aliento que sostiene nuestro ego.

– Sí, pero al menos sabes que te quiero.

– Al igual que un agujero en el zapato.

Se rió.

– No es verdad. Eres la mejor maldita médico forense que alguna vez he visto y lo sabes. Si pudiera conseguir que te fueras de Tulane y contratar tu culo para la ciudad, me encantaría hacerlo en un segundo. El hecho de que eres la única con la que puedo hablar sobre las muertes paranormales es una gran ventaja para mí. Algún otro me tendría en un cuarto al lado de Nialls.

Simone trató de alcanzar su pepinillo.

– Es cierto que me dijeron que tienen drogas increíbles para ayudar a reprimir esas alucinaciones.

– Entonces contrátame. Definitivamente las podría usar.

Precisamente podría usarlas, pero eso era otra historia. No obstante, su vida entera era lo suficientemente extraña para considerarla una alucinación masiva.

Si sólo lo fuera.

Simone hizo una pausa mientras recibía una absurda sensación extraña en el estómago de nuevo. Recorrió con la mirada el oscuro restaurante, seguidamente por la ventana a la izquierda que exhibía el tráfico en Decateur Street. Nada parecía fuera de lo normal, pero todavía la sensación persistía.



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