
Esa mirada de miedo tan intenso de su propio hermano debería haberlo detenido, pero no sentía nada. Él les había enseñado a estos cuatro hombres las destrezas de la lucha, sus habilidades de supervivencia. Había luchado junto a ellos durante siglos. Los había cuidado. Guiado. Una vez incluso tuvo recuerdos de su amor por ellos. Ahora que él podía hacer caso omiso de su responsabilidad- no quedaba nada. Ni siquiera los recuerdos borrosos para sostenerlo. No podía recordar el amor o la risa. Sólo la muerte y el asesinato.
"Muévanse". Una palabra. Una orden. Él esperaba que ellos obedecieran como todos lo obedecían. Había adquirido riqueza inimaginable en sus largos años de vida y en los últimos siglos no hubo una vez que tuviera que comprar su camino dentro o fuera de algo. Una palabra suya bastaba y el mundo temblaba y se apartaba de sus deseos.
A regañadientes, demasiado lento para su gusto, se separaron para permitir que pasara.
"No hagas esto, Zacarías", dijo Nicolás. "No te vayas".
"Por lo menos sana tus heridas", añadió Rafael.
"Y aliméntate," presionó Manolito. "Tienes que alimentarte".
Él se dio la vuelta y ellos perdieron terreno, el miedo deslizándose en sus los ojos y sabía que tenía razón para tener miedo. Los siglos lo habían convertido en un violento y afilado depredador-una brutal máquina de matar. Había pocos que lo igualaran en el mundo. Y caminaba al borde de la locura.
Sus hermanos eran grandes cazadores, pero para matarlo requerirían de considerables habilidades y ninguna duda. Todos ellos tenían compañeras. Tenían emociones. Amaban. Él no sentía nada y tenía la ventaja.
