
Su familia se había establecido en ranchos en los países que patrullaban a lo largo de la Amazonia y de los otros ríos que lo alimentan. Su rango se extendía y cubría miles de kilómetros, por lo que era difícil de patrullar, pero habían establecido una relación con varias familias humanas, diversas casas siempre estaban preparadas para su llegada. Él iba a una de tales casas sin tener que cubrir largas millas antes del amanecer.
Su rancho peruano estaba situado en el borde de la selva tropical, a pocos kilómetros de distancia de donde los ríos forman una Y y se vertían en el Amazonas. Incluso esa zona fue cambiando poco a poco en los últimos años. Su familia había aparecido en la zona con los españoles, con nombres arreglados, indiferentes de la forma en que sonaban, poco le importaba a los Cárpatos como eran llamados por los demás, sin saber que pasaría siglos en la zona – Que se harían más familiar para ellos que su tierra natal.
Zacarías miró hacia el dosel de la selva, mientras volaba. Esto, también, estaba desapareciendo, un avance lento y constante que no entendía.
Había muchas cosas acerca de los tiempos modernos que no entendía-y realmente-, ¿qué importaba? Ya no era su mundo o su problema.
La compulsión que lo conducía lo desconcertó más que las respuestas de los ambientes en desaparición. Poco despertaba su curiosidad, sin embargo, esta abrumadora compulsión de volver a un lugar en el que había estado un par de veces era inquietante en algún nivel. Debido a que la compulsión era una necesidad y él no tenía necesidades. Era abrumadora y a él nada lo abrumaba.
Las pequeñas gotitas de sangre cayeron en las nubes húmedas que emergían alrededor, y sobre los árboles dispersos que sobrepasan el dosel en sí.
