
Él sabía que no era la amenaza de vuelo de la gran ave en lo alto lo que hizo que el bosque estuviera tan tranquilo. El águila arpía se quedaba en las ramas, a menudo por largas horas por vez esperando la comida correcta. Alcanzaría una gran altura y rápida súbitamente bajaría a una velocidad impactante y arrebataría una pereza o un mono de los árboles, pero él, en general, no cazaba en vuelo. Los mamíferos se ocultaron, pero las serpientes levantaron sus cabezas a su paso. Los centenares de arañas del tamaño de un plato llano se arrastraron a lo largo de las ramas, emigrando en la dirección que él volaba. Los insectos se levantaron por millares a su paso.
Zacarías había utilizado los signos que marcaban la oscuridad en él. Incluso cuando era un joven en los Cárpatos, había sido diferente. Su capacidad de lucha era natural, criada en él, casi impresa antes de nacer, sus rápidos reflejos, su cerebro que trabajaba rápidamente. Él tenía la capacidad para evaluar una situación con la velocidad del rayo y llegar a un plan de batalla al instante. Mataba sin vacilar, incluso en sus primeros días, y sus ilusiones eran prácticamente imposibles de detectar.
La oscuridad era profunda, una sombra en su alma; mucho antes de que hubiera perdido sus emociones y el color y estos, los había perdido mucho antes que otros tantos de su edad. Él cuestionaba todo. Y a todo el mundo. Pero su lealtad a su príncipe y a su pueblo era inquebrantable lo que le había ganado el odio de su mejor amigo.
