
– Bueno, cariño, si no puedo convencerte para que te cases conmigo, ¿qué te parece una bonita, sórdida e inmoral aventura?
– Me encantaría doctor… con cualquier otro. Pero ya lo has hecho con tantas mujeres de la ciudad que yo solo sería una más en tu larga lista. Gracias, pero no.
Justin hizo una mueca, pero no por el comentario, sino porque ella acababa de pisarlo. Winona era sin duda adorable, pero era muy patosa bailando. Con la mano que le tenía colocada en la espalda, Justin la apretó contra su cuerpo. Y fue suficiente para sentir sus pezones bajo la tela del vestido negro de cuello alto; lo suficiente para ver las pupilas de sus ojos azul pálido dilatarse cuando su estómago rozó con la faja de seda del esmoquin; lo suficiente para percatarse del suave brillo de sus labios.
– Compórtate, perro.
Él arqueó las cejas, intentando adoptar aquella expresión de encantadora inocencia que tan bien le había funcionado siempre con el sexo débil.
– Venga, Win, solo estoy intentando ayudarte. Tengo miedo de que te tropieces y te caigas.
– ¿Que estás intentando ayudarme? ¡A mí me vas a engañar! ¿Y para qué demonios me tienes puesta la mano en el trasero? ¿Crees que no te voy a dar un puñetazo?
En realidad, Justin sabía muy bien que lo haría; en público, en privado, en la iglesia, en una gala de etiqueta o en cualquier lugar. Llevaba haciéndolo desde que era una malhumorada chiquilla de doce años, y él un fino y sofisticado chaval de diecisiete que lo sabía todo… excepto cómo diablos una mequetrefe como ella había conseguido robarle el corazón.
– Te he puesto las manos en el trasero antes -le recordó con delicadeza.
– Eso fue totalmente distinto. Me había clavado unos cristales y tú hacías tu papel de doctor…
