
La mudanza le había costado casi todos sus ahorros, se vio obligada comprar muebles y un sinfín de cosas pequeñas. El dinero que tenía ahorrado para irse de vacaciones cuando la Sra. Gemmill se había puesto enferma, fue una entrada providencial.
Ahora la situación se estaba repitiendo.
La reparación del coche le dejaba a cero otra vez, no tenía el dinero para el merecido descanso.
Pensando en el coche, o más bien la falta de el, ya que sólo estaría listo al día siguiente, martes, llegó al parque. Tenía la intención de completar el circuito, ir a casa y tomar un buen baño.
A pesar de vivir allí hacía menos de un mes, tuvo tiempo suficiente para conocer las costumbres de la celosa Sociedad para la Conservación de los Jardines de la Villa. Por esta razón, trató de evitar pisar la hierba.
Los pensamientos vagaban a cuando el coche se había detenido en la carretera y ayudada por dos punkis tubo que sacarlo de allí. Sonrió al pensar en los chicos con el pelo verde. La imagen de la extraña vestimenta de uno de ellos se interrumpió de repente. No podía creer lo que veían sus ojos: alguien que nunca había escuchado a algunos de los defensores de la naturaleza del lugar, había estacionado en el centro del césped.
Imaginando el peligro de que el propietario estaba corriendo por no retirar el vehículo antes de que los residentes se enterasen, Jennifer se acercó.
Pudo notar a continuación que la situación era peor de lo que pensaba. El coche había patinado en la curva, a la izquierda de la carretera, patinó hasta detenerse en la hierba, llevándose todas las flores que encontró.
Miró el interior del vehículo y se sorprendió: había un hombre desplomado sobre el volante.
Con los ojos fijos en él fue a la ventana para ver mejor. Estaba inmóvil, pero no parecía herido.
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral: el desconocido se había elegido el pueblo de Stanton para suicidarse?
