
Ante el temor de estar en lo cierto, golpeó el cristal con fuerza. Al no recibir respuesta, no encontró otra alternativa que abrir la puerta con la esperanza que el cuerpo no cayese sobre ella.
Todavía estaba con la mano en el pomo de la puerta cuando el brazo del hombre pareció moverse. En el asiento junto al conductor, vio una botella vacía de whisky.
El desconocido estaba borracho y no muerto.
Respiró aliviada dando un paso hacia atrás. Estaba dispuesta a tomar todas las medidas apropiadas, si estuviese muerto o enfermo, pero cuando el otro brazo se movió, Jennifer decidió que podía arreglárselas solo y continuó la carrera.
Sin embargo, casi llegando a casa, no pudo evitar una ligera preocupación por la suerte del pobre hombre.
Dentro de poco todo el pueblo estaría en pie y aún podría estar allí. Se acordó de la marca de los neumáticos, pensó que la multa sería enorme por hacer un daño tan grande, el escándalo que harían por todo aquel estrago sería incalculable. Por lo menos llamarían a la policía, lo detendrían antes de que pudiera decir una palabra.
Contrariamente a sus hábitos, decidió dar otra vuelta.
Mientras corría, pensó que podría estar bebido por haber discutido con su esposa, una cosa era cierta, en el estado de embriaguez en se encontraba le quitarían el permiso de conducir. A lo mejor era el padre de dos o tres hijos.
Por el número de la matrícula, el coche era nuevo, lo que le hizo pensar que el dueño estaba en buena situación financiera. Si necesitaba el coche para trabajar tanto como ella, la pérdida del permiso de conducir también podría significar la pérdida de su empleo.
En un impulso, decidió ayudarlo y se acercó al coche otra vez.
Se quedó allí, vacilante, sin saber exactamente qué hacer. Entonces se acordó de cómo los punkis habían sido tan atentos con ella, ayudarla, sin siquiera conocerla. No costaba nada hacer lo mismo por el extranjero. A pesar de que era un alcohólico, necesitaba solidaridad.
