
Los equipos se retiraron a los vestuarios para discutir las incidencias del partido con sus entrenadores. Ali y yo esperamos fuera de la puerta del gimnasio, en el pasillo del colegio. No tuve que esperar mucho. Bobby vino hacia mí con el mismo balanceo, aunque ahora sus manos se habían transformado en puños. Lo acompañaban otros tres tíos, incluido Pat, todos grandes, con sobrepeso y ni siquiera la mitad de duros de lo que creían ser. Bobby se detuvo a un metro de mí. Sus tres compañeros se desplegaron con los brazos cruzados sobre el pecho y me miraron.
Por un momento nadie habló. Solo me miraron como si fuesen a comerme.
– ¿Ésta es la parte en la que me meo en los pantalones? -pregunté.
Bobby comenzó de nuevo con el dedo.
– ¿Conoce el Landmark Bar de Livingston?
– Claro.
– Esta noche a las diez. En el aparcamiento de atrás.
– Se pasa de mi hora de recogida -dije-, y tampoco soy de esa clase de citas. Primero una invitación a cenar, unas flores.
– Si no se presenta -se acercó más con el dedo- buscaré alguna otra manera de obtener satisfacción. ¿Me pilla?
No, pero antes de que pudiera pedirle una aclaración se marchó. Sus compañeros lo siguieron. Me miraron por encima del hombro. Los saludé con la mano como si fuese un bebé. Uno de ellos insistió en la mirada y yo le soplé un beso. Se volvió como si le hubiese dado una bofetada.
Soplar un beso. Mi movimiento favorito para provocar la homo-fobia.
Me volví hacia Ali, vi su rostro y pensé: «Oh, oh…».
– ¿Qué demonios ha sido eso?
– Pasó algo durante el partido antes de que llegases -respondí.
