
– Nada -respondí.
– ¿Qué tal ha ido la primera parte?
– Perdemos por dos.
– ¿Jack marcó?
– No lo creo, no.
Ali observó mi rostro por un momento y vio algo que no le gustó. Me giré y volví a las gradas. Me senté. Ali se sentó a mi lado. Cuando llevaban dos minutos de juego, me preguntó:
– ¿Cuál es el problema?
– Ninguno.
Me removí en la incómoda grada.
– Mentiroso -dijo Ali.
– Solo estoy siguiendo el juego.
– Mentiroso.
La miré, miré su bonito rostro franco, las pecas que no tendrían que estar allí a su edad pero que la hacían condenadamente adorable, pero también vi algo más.
– Tú también pareces un poco distraída.
No solo hoy, pensé, sino también durante las últimas semanas las cosas no habían ido muy bien entre nosotros. Ali se había mostrado distante y preocupada y no había querido hablar del tema. Yo había estado muy ocupado con el trabajo, así que no había insistido.
Ali mantuvo la mirada en la cancha.
– ¿Jack jugó bien?
– Muy bien -respondí. Luego añadí-: ¿A qué hora sale tu vuelo mañana?
– A las tres.
– Te llevaré al aeropuerto.
Erin, la hija de Ali, se matriculaba en la Universidad Estatal de Arizona. Ali, Erin y Jack iban a volar hasta allí para pasar la semana dedicados a instalar a la estudiante.
– No pasa nada. Ya he alquilado un coche.
– Me gustaría llevarte.
– No te preocupes.
Su tono cortó cualquier discusión sobre el tema. Intenté acomodarme y mirar el partido. Mi pulso continuaba acelerado. Pocos minutos más tarde, Ali preguntó:
– ¿Por qué continúas mirando al otro entrenador?
– ¿Qué entrenador?
– Aquel con el pelo mal teñido y la perilla a lo Robin Hood.
– Busco modelos para acicalarme.
Ella casi sonrió.
– ¿Jack jugó mucho en la primera mitad?
– El tiempo habitual.
Acabó el partido; Kasselton ganó por tres. Sus seguidores aplaudieron. El entrenador, un buen tipo a todas luces, había preferido no hacer jugar a Jack en la segunda mitad. Ali estaba un tanto inquieta por eso -el entrenador por lo general procuraba que todos los chicos jugasen el mismo tiempo-, pero decidió dejarlo correr.
