
– No, por supuesto que no.
Ali sacudió la cabeza y guardó silencio.
– ¿Qué? -pregunté.
– Te he dejado acercarte demasiado a él.
Sentí que mi corazón se hacía añicos.
– Maldita sea -añadió.
Esperé.
– Para ser un tipo maravilloso que por lo general es la mar de perceptivo, a veces puedes ser muy obtuso.
– Vale, quizás no tendría que haber ido a por él. Pero si hubieses estado allí cuando le gritó a Jack que lo hiciese de nuevo, si hubieses visto el rostro de Jack…
– No estoy hablando de eso.
Me detuve; pensé.
– Entonces tienes razón. Soy obtuso.
Mido un metro noventa, Ali es treinta centímetros más baja. Se me acercó y echó la cabeza hacia atrás para mirarme.
– No voy a Arizona para instalar a Erin. Al menos no solo por eso. Mis padres viven allí y sus padres viven allí.
Sabía a quién se refería con «sus»: a su difunto marido, al fantasma que había aprendido a aceptar e incluso, a veces, a abrazar. El fantasma nunca se va. Ni siquiera estoy seguro de si debería, aunque hay momentos en los que desearía que lo hiciese y, por supuesto, pensar eso es una cosa horrible.
– Ellos, me refiero a los abuelos por las dos partes, quieren que nos vayamos a vivir allí. Para tenernos cerca. Tiene sentido cuando lo piensas.
Asentí porque no sabía qué otra cosa hacer.
– Jack y Erin y, diablos, yo también, lo necesitamos.
– ¿Necesitáis qué?
– Una familia. Sus padres necesitan ser parte de la vida de Jack. No pueden soportar el frío allí arriba más tiempo. ¿Lo entiendes?
– Por supuesto que lo entiendo.
Mis palabras sonaron raras incluso a mis oídos, como si las hubiese dicho otro.
– Mis padres han encontrado un lugar que quieren que veamos -dijo Ali-. Está en el mismo edificio que el de ellos.
– Los edificios no están mal -dije, por decir algo-. Los gastos son pocos. Pagas una tasa mensual y ya está.
