
Ahora fue ella la que no dijo nada.
– Así que para decirlo claro, ¿qué significa eso para nosotros?
– ¿Quieres trasladarte a Scottsdale? -preguntó.
Titubeé.
Ella apoyó una mano en mi brazo.
– Mírame.
Lo hice. Entonces dijo algo que nunca vi venir:
– Lo nuestro no es para siempre, Myron. Ambos lo sabemos.
Un grupo de chicos pasó corriendo junto a nosotros. Uno chocó conmigo y se disculpó. Un árbitro tocó el silbato. Sonó una bocina.
– ¿Mamá?
Jack, bendito sea su pequeño corazón, apareció por la esquina. Ambos nos volvimos para dedicarle una sonrisa. No nos sonrió. Por lo general, no importa lo mal que haya jugado, Jack viene corriendo como un cachorro, con muchas sonrisas y levantando las manos. Es parte del encanto del chico. Pero aquel día no.
– Hola, chico -dije, porque no estaba seguro de qué decir. En muchas ocasiones oigo a las personas en situaciones similares decir: «Un buen partido», pero los chicos saben que es una mentira y que los compadeces y eso les hace sentirse peor.
Jack corrió hacia mí, me rodeó la cintura con los brazos, enterró su rostro en mi pecho y comenzó a sollozar. Sentí que otra vez se me partía el corazón. Permanecí allí, con las manos en su nuca. Ali miraba mi rostro. No me gustó lo que vi.
– Un mal día -dije-. Todos lo tenemos. No dejes que eso te afecte, ¿vale? Hiciste todo lo que pudiste, no se puede pedir más. -Entonces añadí algo que el chico nunca comprendería pero que era absolutamente cierto-: La verdad es que estos partidos no tienen ninguna importancia.
Ali puso las manos en los hombros de su hijo. Él me soltó, se volvió hacia ella y ocultó el rostro de nuevo. Permanecimos así durante un minuto, hasta que se calmó. Di una palmada y me obligué a sonreír.
– ¿Alguien quiere un helado?
Jack reaccionó de inmediato.
– ¡Yo!
– Hoy no -dijo Ali-. Tenemos que hacer las maletas y prepararnos.
