– ¿Quién demonios es ése?

Win sonrió y levantó una mano como si lo acabasen de presentar en un programa de entrevistas y quisiese agradecer los aplausos del público presente en el estudio.

– Es un placer estar aquí -dijo-. Muchas gracias a todos.

– Es un amigo -expliqué-. Está aquí para nivelar las probabilidades.

– ¿Él? -Bobby rió. El coro lo imitó-. Oh sí, claro.

Salí del coche. Win se acercó un poco más a los tres colegas.

– Le romperé el culo -anunció Bobby.

Me encogí de hombros.

– Le deseo suerte.

– Por aquí hay mucha gente. Hay un claro en el bosque detrás de aquel campo -dijo, y señaló el camino-. Nadie nos molestará allí.

– ¿Tendría la bondad de decirme cómo conoce la existencia de ese claro? -preguntó Win.

– Yo fui aquí al instituto. Allí le rompí el culo a mucha gente. -Sacó pecho mientras añadía-: También fui el capitán del equipo de fútbol.

– Qué guay-dijo Win con un tono monótono-. ¿Puedo llevar su cazadora del equipo en el baile de graduación?

Bobby señaló con un dedo gordo en la dirección de Win.

– Tendrá que usarla para quitarse la sangre si no se calla.

Win intentó con todas sus fuerzas no mostrarse demasiado risueño.

Pensé en mi promesa a Ali.

– Somos dos adultos -dije. Me parecía estar escupiendo vidrio molido con cada palabra-. Tendríamos que ser capaces de evitar llegar a las manos, ¿no le parece?

Miré a Win. Win fruncía el entrecejo.

– ¿De verdad ha utilizado la expresión «llegar a las manos»?

Bobby apareció en mi espacio personal.

– ¿Es un gallina?

Otra vez con la gallina.

Pero soy un gran hombre y los grandes hombres se van. Sí, claro.

– Sí -respondí-. Soy un gallina. ¿Contento?

– ¿Lo habéis escuchado, muchachos? Es un gallina.

Hice una mueca pero me mantuve firme. O débil, todo depende de cómo se mire. Sí, el gran hombre. Ése era yo.



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