
– Articule -dijo Win.
Es así como responde siempre, incluso cuando ve con toda claridad en el identificador de llamadas que soy yo, y sí, es cabreante.
– Será mejor que des la vuelta.
– Oh -exclamó Win con la voz de un niño feliz en la mañana de Navidad-, bueno, bueno.
– ¿Cuánto tardarás?
– Estoy al final de la calle. Sospeché que iba a pasar algo así.
– No le dispares a nadie.
– Sí, mamá.
Mi coche estaba cerca del final del aparcamiento. El Expedition me siguió a marcha lenta. La lluvia arreció un poco. Me pregunté cuál sería su plan -sin duda algo estúpidamente chulesco- y decidí seguirle el juego.
Apareció el Jaguar de Win y esperó en la distancia. Yo conduzco un Ford Taurus, también conocido como El Gallinero. Win detesta mi coche. No quiere sentarse en él. Saqué las llaves y apreté el mando a distancia. El coche hizo el típico ruido y se abrieron las cerraduras. Entré. Entonces el Expedition se movió. Aceleró y se detuvo detrás mismo del Taurus para impedirme la salida. Bobby fue el primero en saltar del vehículo; se acariciaba la barbilla. Sus dos colegas lo siguieron.
Exhalé un suspiro y miré como se acercaban por el espejo retrovisor.
– ¿Puedo hacer algo por usted? -pregunté.
– Oí que su chica le metía la bronca -respondió.
– Espiar las conversaciones es de mala educación, entrenador Bobby.
– Me dije que quizás cambiaría de opinión y no aparecería. Así que pensé que podríamos solucionar esto ahora mismo. Aquí.
Bobby acercó su rostro al mío hasta casi tocarlo.
– A menos que sea un gallina.
– ¿Ha comido atún?
El Jaguar de Win se detuvo junto al Expedition. Bobby dio un paso atrás y entrecerró los ojos. Win se apeó. Los cuatro hombres lo miraron y fruncieron el entrecejo.
