– Piénsalo -añadió ella-. La Ciudad de la Luz. Podríamos amarnos toda la noche.

Conseguí tragar.

– Sí, claro, pero, ¿qué haremos durante el día?

– Si no recuerdo mal es probable que necesites descansar.

– Además de vitamina E -señalé, sin poder evitar la sonrisa-. No puedo, Terese. Tengo una relación.

– ¿Con la viuda del 11-S?

Me pregunté cómo lo sabía.

– Sí.

– Esto no tiene nada que ver con ella.

– Perdona, pero creo que sí.

– ¿Estás enamorado? -preguntó.

– ¿Importaría si dijese que sí?

– No.

Cambié de tema.

– ¿Qué pasa, Terese?

– No pasa nada. Quiero pasar contigo un fin de semana romántico, sensual, lleno de fantasías en París.

Otro trago.

– No he sabido nada de ti en… ¿siete años?

– Casi ocho.

– Te llamé -dije-. Muchas veces.

– Lo sé.

– Te dejé mensajes. Te escribí. Intenté encontrarte.

– Lo sé -repitió.

Siguió un silencio. No me gusta el silencio.

– ¿Terese?

– Cuando necesitaste de mí, cuando me necesitaste de verdad, estuve allí, ¿no?

– Sí.

– Ven a París, Myron.

– ¿Así de sencillo?

– Sí.

– ¿Dónde has estado todos estos años?

– Te lo contaré todo cuando estés aquí.

– No puedo. Tengo una relación con una persona.

De nuevo aquel maldito silencio.

– ¿Terese?

– ¿Recuerdas cuándo nos conocimos?

Sucedió después del mayor desastre de mi vida. Supongo que lo mismo le pasó a ella. Unos amigos bienintencionados nos habían «obligado» a asistir a una gala benéfica, y tan pronto como nos vimos el uno al otro fue como si nuestras respectivas miserias se convirtiesen en imanes. No creo mucho que los ojos sean el espejo del alma. He conocido demasiados pirados capaces de convencerte de esa seudociencia. Pero la tristeza era tan obvia en los ojos de Terese… En realidad emanaba de todo su ser, y aquella noche, con mi propia vida en ruinas, era lo que necesitaba.



2 из 249