
Terese tenía un amigo propietario de una pequeña isla caribeña cerca de Aruba. Nos largamos allí aquella misma noche sin decirle nada a nadie. Acabamos pasando allí tres semanas, amándonos casi sin hablar, desapareciendo y desgarrándonos el uno al otro, porque no había mucho más que hacer.
– Por supuesto que lo recuerdo.
– Ambos estábamos destrozados. Nunca hablamos de eso. Pero los dos lo sabíamos.
– Sí.
– Fuiste capaz de superar aquello que te destrozó. Es natural. Nos recuperamos. Nos destruyen y luego nos recuperamos.
– ¿Y tú?
– No pude recuperarme. Ni siquiera creo que lo desease. Estaba destrozada y quizás fue mejor mantenerme así.
– No sé si te sigo.
En ese momento su voz era suave.
– No creí, no, bórralo, sigo sin creer que me gustase ver cómo sería mi mundo reconstruido. No creo que me gustase mucho el resultado.
– ¿Terese?
No respondió.
– Quiero ayudar.
– Quizás no puedas -contestó-. Quizás no tenga sentido.
Más silencio.
– Olvida que he llamado, Myron. Cuídate.
Luego desapareció.
2
– Ah -exclamó Win-, la deliciosa Terese Collins. Un culo de primera clase, algo sensacional.
Estábamos sentados en las destartaladas gradas plegables del gimnasio del Kasselton High School. Los habituales olores a sudor y jabón industrial llenaban el aire. Todos los sonidos, como en todos los gimnasios similares de este vasto continente, llegaban distorsionados, y los extraños ecos formaban el equivalente auditivo de una cortina de baño.
Me encantan los gimnasios como éste.
