
– Me alegra que la recuerdes.
– Un culo de primera clase, algo sensacional.
– Sí, ya te oí la primera vez.
Win había sido mi compañero de habitación en el colegio universitario Duke. Ahora era mi socio y, junto con Esperanza Díaz, mi mejor amigo. Su verdadero nombre era Windsor Horne Lockwood III, y le sentaba bien: rizos dorados separados por una raya trazada con un tiralíneas; tez rubicunda; un rostro patricio; bronceado de golfista; ojos azul hielo. Vestía unos carísimos pantalones de color caqui con una raya que rivalizaba con la del pelo, una americana azul Lily Pulitzer con el forro rosa y verde y un pañuelo en el bolsillo abullonado como la flor lanza agua de un payaso.
Una vestimenta decadente.
– Cuando Terese estaba en la tele -continuó Win con su estirado acento de instituto privado con el tono de alguien que le explica algo obvio a un niño un tanto retrasado-, no podías apreciar la calidad. Estaba sentada detrás de la mesa de los presentadores.
– Aja.
– Pero cuando la vi con aquel biquini -para aquellos que llevan la cuenta, el mismo que mencioné antes, el de infarto-, bueno, es un activo estupendo. Un desperdicio en una presentadora. Es una tragedia cuando lo piensas.
– Como el Hindenburg-señalé.
– Una referencia hilarante -aprobó Win-, y, oh, tan oportuna.
La expresión de Win siempre es altiva. Las personas miran a Win y ven a un elitista, un esnob, alguien con dinero de toda la vida. En su mayor parte, están en lo cierto. Pero hay una parte en la que se equivocan… y esa parte puede hacer que un hombre sufra graves daños.
