¿Grande y lento? ¿Había oído bien?

Miré al entrenador del Kasselton. Llevaba el pelo con reflejos, peinado con gomina como un puercoespín, y una perilla negra recortada que le daba el aspecto del envejecido bajista de una banda de música. Era alto; yo mido un metro noventa y dos y ese tipo me sacaba cinco centímetros, además de, calculé, unos diez o quince kilos.

– ¿Es grande y lento? -le repetí a Win-. ¿Te puedes creer que el entrenador acabe de gritar eso?

Win se encogió de hombros.

Yo también lo intenté. El calor del juego. Déjalo correr.

El marcador estaba empatado a veinticuatro cuando ocurrió el desastre. Fue inmediatamente después de un tiempo muerto y al equipo de Jack le tocaba subir la pelota hacia la canasta del equipo rival. Kasselton decidió hacer presión por sorpresa. Jack estaba solo. Le pasaron la pelota, pero por un momento, con la presión encima, no supo qué hacer. Ocurre.

Buscó ayuda. Se volvió hacia el banco del Kasselton, el más cercano a él, y el gran entrenador del pelo puntiagudo gritó:

– ¡Lanza! ¡Lanza! -Y señaló la canasta.

La canasta errónea.

– ¡Lanza! -gritó de nuevo el entrenador.

Jack, a quien por naturaleza le gusta complacer y confía en los adultos, le obedeció.

La pelota entró. En la canasta equivocada. Dos puntos para Kasselton.

Los padres de Kasselton estallaron en vivas e incluso risas. Los padres de Livingston alzaron las manos al aire y gimieron por el error del chico de quinto grado. Entonces el entrenador del Kasselton, el tipo del pelo puntiagudo y la perilla de bajista, chocó palmas con el segundo entrenador, señaló a Jack, y le gritó:

– ¡Eh, chico, hazlo de nuevo!

Posiblemente Jack era el chico más alto de la cancha, pero en ese momento parecía como si intentase con todas sus fuerzas ser lo más pequeño posible. La media sonrisa tontorrona desapareció. Le temblaban los labios. Parpadeaba. Todas las partes del chico se encogían y también mi corazón.



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