Un padre del Kasselton no dejaba de gritar. Se rió, se llevó las manos a la boca como si fuese un megáfono de carne y gritó:

– ¡Pásasela al chico del otro equipo! ¡Es nuestro mejor jugador!

Win le tocó el hombro.

– Vas a callarte ahora mismo.

El padre se volvió hacia Win, y vio la vestimenta decadente, el pelo rubio y las facciones de porcelana. Estaba a punto de burlarse y soltar una réplica, pero algo -probablemente el instinto de supervivencia básico y un cerebro de reptil- hizo que se lo pensara mejor. Sus ojos se cruzaron con los azul hielo de Win y luego los bajó.

– Sí, lo siento, eso estaba demás -se disculpó.

Yo apenas lo oí. No podía moverme. Permanecí sentado en la grada y miraba al ufano entrenador de los pelos puntiagudos. Sentía latir la sangre.

Sonó la bocina; final de la media parte. El entrenador, que no salía de su asombro, continuaba riéndose y sacudiendo la cabeza. Uno de sus ayudantes se acercó para estrecharle la mano. También lo hicieron algunos padres y espectadores.

– Tengo que irme -dijo Win.

No respondí.

– ¿Debería quedarme? ¿Por si acaso?

– No.

Win hizo un gesto y se marchó. Yo seguía mirando al entrenador del Kasselton. Me levanté y comencé a bajar las desvencijadas gradas. Mis pisadas sonaban como truenos. El entrenador caminó hacia la puerta. Lo seguí. Entró en los lavabos sonriendo como el idiota que sin duda era. Lo esperé junto a la puerta.

Cuando salió, le dije:

– Un tipo con clase.

Llevaba las palabras «Entrenador Bobby» bordadas en la camisa. Se detuvo y me miró.

– ¿Perdón?

– Animar a un chico de diez años a que lance a la canasta equivocada -dije-. Y después aquella divertida frase de «Eh, chico, hazlo otra vez» ayudó a humillarlo. Es un tipo con mucha clase, entrenador Bobby.

El entrenador entrecerró los ojos. De cerca era grande, ancho y tenía los brazos gruesos, los nudillos grandes y una frente de Neandertal. Conocía el tipo. Todos lo conocen.



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