
El verano significaba más niños. Los bebés lloraban o dormían, los niños se quejaban o se reían, y sus padres trataban de distraer a los aburridos o rebeldes, señalando la gran dama o un barco que pasaba.
Para Carolee Grogan de Springfield, Missouri, el paseo en ferry era un punto más en su lista de lo que debían hacer durante las vacaciones familiares, y que ella había presionado por hacer. Otros puntos que estaban incluidos eran subir a la cima del Edificio Empire State, el zoológico de Central Park, el Museo de Historia Natural, ir a San Patricio, el Museo Metropolitano de Arte (aunque ella no estaba segura de que pudiera arrastrar con éxito a su marido y sus hijos de diez y siete años de edad a este), Ellis Island, Memorial Park, un espectáculo de Broadway – a ella no le importaba cual – e ir de tiendas a la Quinta Avenida.
En espíritu de equidad, había añadido un partido de béisbol en el Estadio de los Yankee, y había plenamente aceptado que tendría que recorrer la catedral de Tiffany sola mientras su pandilla golpeaba el cielo de los vídeos de Times Square.
A los cuarenta y tres, Carolee estaba viviendo un sueño largamente acariciado. Finalmente había fastidiado y empujado a su marido al este del Mississippi.
¿Podría Europa ser lo siguiente? Cuando ella empezó a tomar una instantánea de sus “muchachos”, como llamaba a Steve y sus hijos, un hombre que estaba cerca se ofreció a sacar una de toda la familia. Carolee feliz le entregó su cámara, posó con sus hijos con la Dama de la Libertad detrás de ellos.
– Ves-. Ella codeo a su marido, que ya se volvía a mirar hacia el agua.
– Él era agradable. No todos los neoyorquinos son groseros y desagradables-.
– Carolee, era un turista, al igual que nosotros. Es probable que sea de Toledo o de alguna otra parte. -
Pero el sonreía cuando lo dijo. Era más divertido forcejear un poco que admitir que estaba pasando un buen momento.
– Yo le voy a preguntar.-
