
Darby conocía a Melanie desde… bueno, desde siempre, la verdad, ya que ambas se habían criado en la misma calle. Y mientras que Darby podía rememorar todos los acontecimientos e historias compartidos con Melanie, no habría sido capaz de recordar cómo había conocido a Stacey o cómo se habían hecho todas tan amigas ni aunque le hubiera ido la vida en ello. Era como si Stacey hubiera aparecido un buen día, de repente. Estaba con ellas a todas horas: en el instituto, en los partidos de fútbol y en las fiestas. Stacey era lo más. Contaba chistes verdes, se relacionaba con la gente más popular y había llegado casi hasta el final con algún chico. Mel, en cambio, parecía una de las figuritas de Hummel que coleccionaba la madre de Darby: objetos preciosos y frágiles que debían guardarse en lugar seguro.
Darby abrió la cremallera de la mochila y sacó las cervezas.
– ¿Qué haces? -preguntó Mel.
– Te presento al señor Budweiser -dijo Darby.
Mel empezó a palpar las cuentas que colgaban de su pulsera. Era un gesto que hacía siempre que estaba nerviosa o asustada.
– Venga, Mel, cógela. No te va a morder.
– No es eso. Lo que preguntaba es a qué viene todo esto.
– Es para celebrar tu cumpleaños, boba -dijo Stacey mientras abría la lata.
– Y tu permiso de conducir -añadió Darby-. Ahora ya tenemos a alguien que nos lleve al centro comercial.
– ¿Tu padre no notará que le faltan latas? -preguntó Mel a Stacey.
– Tiene seis cajas en la nevera de abajo, no echará de menos seis asquerosas cervezas. -Stacey encendió un cigarrillo y le arrojó el paquete a Darby-. Pero si él o mamá llegaran a casa y nos pillaran bebiendo, no podría sentarme ni ver bien al menos durante una semana.
