
Darby alzó la lata.
– Feliz cumpleaños, Mel… Felicidades.
Stacey engulló la mitad de su cerveza. Darby dio un buen sorbo. Mel la olió primero. Siempre lo olía todo antes de probarlo.
– Sabe a tostada rancia -dijo Mel.
– Sigue bebiendo y verás cómo mejora el sabor… Y tú también te sentirás mejor.
Stacey señaló hacia lo que parecía un Mercedes que se dirigía hacia la 86.
– Algún día conduciré uno de ésos -comentó.
– Puedo imaginarte perfectamente con el uniforme de chófer -dijo Darby.
Stacey le hizo un significativo gesto con el dedo índice.
– ¡Que te den! Para tu información, alguien me sacará a pasear en un coche como ése porque pienso casarme con un tipo rico.
– Odio tener que ser yo quien te dé la noticia -dijo Darby-, pero en Belham no hay tipos ricos.
– Por eso pienso irme a Nueva York. Y el hombre con el que me case no sólo estará para chuparse los dedos sino que me tratará como a una reina. Cenas en restaurantes caros, ropa chula, el coche que quiera… Incluso tendrá un avión privado para que podamos volar a la fabulosa casa de la playa que tendremos en el Caribe. ¿Y tú qué dices, Mel? ¿Con qué clase de chico te vas a casar? ¿O sigues empeñada en meterte a monja?
– No pienso tomar los hábitos -dijo Mel, y, como prueba de su decisión, bebió un largo sorbo de cerveza.
– ¿Significa eso que por fin llegaste hasta el final con Michael Anka?
Darby estuvo a punto de atragantarse.
– ¿Te has estado enrollando con Booger Boy?
– Se echó atrás cuando estábamos en tercero -dijo Mel-. No me ha vuelto a hacer caso.
– Mejor para ti -dijo Darby, y Stacey estalló en risas.
– Venga -dijo Mel-. No seáis así. Es un encanto…
– Claro que es un encanto -dijo Stacey-. Todos los chicos lo son al principio. Una vez que consiga lo que quiere de ti, te tratará como a la basura de ayer.
– Eso no es verdad -dijo Darby, pensando en su padre.
