
Cuando Nando trajo la computadora, Diana la había mirado con desconfianza, como se mira una bolsa de leche sin fecha de vencimiento. Se refería a ella como “la máquina”, casi siempre para quejarse porque ocupaba demasiado lugar en el cuarto. La habían puesto en un rincón junto a la ventana, sobre una mesita metálica que nada tenía que ver con el roble tallado de la cama. A Diana tampoco le gustaba la luz blanca que Nando se había empecinado en instalar. Un día, sin aviso, su dormitorio empezó a parecerle un quirófano.
Tocó la tierra de la tuna y vio que todavía conservaba algo de humedad. En alguna revista había leído que las tunas absorben la radiación, y no dudó en comprar la más grande que encontró en el vivero. Parecía un pepino enorme cubierto de espinas, y un botón rojo en la punta amenazaba con ser flor en cualquier momento. Sabía de sobra que una tuna en el dormitorio era un detalle hostil, pero se divertía con una dosis de crueldad cuando pensaba que la decoración de aquel cuarto le importaba cada vez menos. El pimpollo llevaba demasiado tiempo siendo promesa de flor y Diana empezaba a creer que se marchitaría sin haber abierto.
Si no hubiera sido por su hermana, jamás habría cedido a la tentación de prenderla. Pero Gabriela consiguió aquella beca en Lima y todo empezó a cambiar. Le dio la excusa para perderle respeto a “la máquina” odiosa. Aquel pulpo metido en su cuarto. Aunque desde hacía poco más de un mes ya no eran las noticias de Gabriela las que buscaba cada día. Estaba ansiosa. Vivía ansiosa. Abría su casilla esperando encontrar algo de lo que no estaba segura, algo que le diera vuelta las horas, que le removiera la rutina de un zarpazo. Algo como aquel mensaje que encontró un mes atrás y que tuvo el efecto de una dulzura recuperada en apenas unas torpes líneas. Tantos años de seguridad, tanto orden y ahora necesitaba de esa incertidumbre con la que empezaba cada día.
