Fue sin querer. Gabriela insistió en que se comunicaran de ese modo y, aunque ella trató de mantenerse firme y hablar por teléfono, las facturas a fin de mes la dejaron sin opción. Un día, a escondidas y maldiciéndose, le mandó el primer mensaje electrónico; breve, una especie de telegrama, sin el menor gusto, como para dejar claro que le molestaba tener que hacerlo. Pero cuando Gabriela respondió, minutos más tarde, diciendo que no podía creer que se hubiera producido el milagro, tuvo que reconocer que algo se le apretó en la garganta. Después, vino la disciplina, el hábito de abrir al menos una vez al día su casilla y contestar lo que hubiera, desechar las ofertas de productos, desconfiar de remitentes desconocidos, buscar en un cigarrillo la paciencia para esperar que bajaran las imágenes de paisajes y las frasecitas estúpidas con saldos de filosofía en liquidación. Todo un mundo con sus reglas y una nueva ansiedad descontrolada en la que apenas se reconocía. La mujer predecible que parecía tener dominio sobre sus impulsos corría como loca a sumergirse en el cristal líquido de una pantalla fría que a veces se llenaba de tibieza, donde podía entrar libre de ataduras mientras dejaba quemar la comida sin el menor remordimiento.

Gabriela tiraba el primer naipe de algún mensaje provocador y Diana seguía el juego con respuestas escuetas; pero pronto descubrió el placer de expresarse con tiempo. Escribía largas cartas, cuidaba la forma, le pedía a Gabriela que fuera más atenta, que escribir rápido no significaba hacerlo mal, que a ver si se iba al diablo la educación, que dónde estaban tildes y comas. Y Gabriela le respondía a borbotones, sin una segunda lectura, sin tiempo para correcciones ni ortografías.



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