– ¡Ja, no! Gracias, primo. Limítate a escribir lo que te pido y todo irá bien. Adiós, entonces, ¡hasta Navidad! Witcher. -Richard le hizo un gesto con la cabeza al viejo mayordomo y, abrochándose el abrigo, bajó corriendo los escalones de Erewile House y se subió al coche que le habían pedido, mientras Darcy daba media vuelta para enfrascarse en la placentera tarea de escribirle a su tía Fitzwilliam.

Hacía ya mucho que el sol se había dado por vencido en su batalla contra las nubes y la niebla. Cuando Darcy escribió las últimas palabras de su carta, la luna ya había aparecido. Mientras espolvoreaba la arenilla secante sobre la misiva, notó con un poco de pesar que ya había oscurecido. No sólo el tiempo sino también la luz parecían estar en contra de la idea de dar una vuelta por la plaza para calmar la tensión de sus músculos y la turbación de su mente. Dejó la carta en la bandeja de plata para que Hinchcliffe la pusiera en el correo por la mañana y se levantó de su escritorio con un gruñido.

– ¡Wickham! -Darcy se dirigió a la ventana y, apoyando un brazo en el marco, escudriñó la noche. La plaza estaba extrañamente silenciosa, pues el sonido que producían los caballos y los coches que pasaban era amortiguado por la niebla. El sermón de aquella mañana le había tomado por sorpresa y con la guardia baja y había hecho tambalear lo que hasta entonces había pensado que era una idea clara. La sensación era muy desagradable y su intento de hablar de manera racional con Richard había resultado ser totalmente inútil. La pregunta seguía mortificándolo: ¿Cómo podía uno entender a Wickham y a los hombres como él? Más aún, ¿estaba preparado para creer que Wickham no estaba, a los ojos de Dios, en una posición mucho peor que él mismo?



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