
– Elizabeth. -Darcy no tenía intención de pensar en la hermana de la señorita Bennet, y mucho menos de pronunciar su nombre en voz alta, pero aquella palabra resonó en medio de la oscuridad y cayó suavemente en sus oídos. Darcy se agarró del borde del escritorio con fuerza, reprendiéndose por comportarse como un tonto-. ¡Idiota, ella te odia! Eso debería ser suficiente para no querer buscar su compañía. -Antes de que pudiera reprenderse más, la puerta se abrió de repente y la luz de una lámpara que alguien sostenía en alto hizo que Darcy parpadeara y se tapara los ojos.
– ¡Señor Darcy! -La lámpara descendió un poco y fue colocada sobre una mesa del corredor-. ¡Perdón, señor! Oí un ruido y como la biblioteca estaba a oscuras, no podía saber qué era. -Cuando sus ojos se acostumbraron por fin a la luz, el caballero pudo distinguir la figura de su mayordomo en el umbral, con uno de los lacayos más corpulentos detrás, armado con un leño de la chimenea-. Con todo ese asunto de Wapping, señor. Todas esas pobres almas asesinadas en sus lechos.
Darcy miró a su empleado con suspicacia.
– Está bien, Witcher. Es comprensible, supongo, ¡pero nosotros estamos bastante lejos de Wapping!
– Sí, señor. -Witcher bajó la cabeza-. Supongo que es la neblina, señor. Todo el mundo se pone nervioso cuando no puede ver lo que tiene a su alrededor. Es el tiempo ideal para cometer un crimen. -Le hizo una seña al lacayo para que volviera a su puesto y luego le hizo una reverencia a su patrón-. Discúlpeme otra vez, señor. ¿Quiere que le deje esta lámpara?
– No, puede llevársela. Buenas noches, Witcher.
– Lo mismo le deseo, señor Darcy. -El caballero esperó hasta que el viejo criado bajara las escaleras hasta el piso de la servidumbre, antes de comenzar a subir hacia su alcoba. El sueño sería la única manera de escapar a la penetrante incertidumbre que lo acechaba ese día.
