– Ese tipo es un lunático -afirmaba más de un miembro.

– O peor. -Era el comentario más común, acerca del apasionado pero imprudente discurso en defensa de los seguidores del mítico «General Lud» y sus ataques contra la maquinaria textil y en contra del decreto que pedía su inmediata ejecución.

– Le debe encantar vivir dando escándalos -afirmó lord Devereaux, al tiempo que arrojaba sobre la mesa los naipes en respuesta al rey de diamantes de Darcy-, porque también está camino de convertirse en la nueva mascota de lady Caroline… y la última humillación de Lamb. ¿Los vio usted en Melbourne House el viernes? -Darcy sintió que le picaban las orejas al oír la referencia a la escandalosa velada de su triunfo, o mejor, del triunfo de su ayuda de cámara.

– ¡Por Dios, claro que sí! ¡Qué espectáculo! -respondió sir Hugh Goforth-. Pensé que Lamb iba a expulsarlo por apoyar a su mujer en semejante despropósito. Si ella fuera mi esposa, ahora estaría bordando pañuelos bien encerrada en mi propiedad más remota y lord Byron estaría despertándose a esta hora en un barco en dirección a la India.

Un coro de exclamaciones expresaron su acuerdo con esa manera de proceder y el juego terminó casi enseguida. Darcy pidió su abrigo y se marchó poco después, sin que le hicieran ni una sola pregunta sobre el abominable nudo. Cuando la puerta de Boodle's se cerró detrás de él, dio gracias al cielo por el hecho de que las acciones del intrépido e imprudente lord Byron hubiesen desplazado con tanta rapidez su notoriedad ante los ojos del público.

La última cita del día era la que Darcy más temía.



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