¿Acaso Wickham escaparía también de la justicia eterna? «Si el balance… no es muy malo… cuando se sopesan con justicia… teniendo en cuenta…». ¡El propio Wickham no podría haber planteado su caso con más elocuencia y de manera más favorable! Darcy apretó la mandíbula y adoptó una actitud fría y férrea, pero el brillo de sus ojos traicionó sus sentimientos.

El reverendo continuó:

– Con ese fin, «Conoceos a vosotros mismos», como dice el filósofo, y conducíos con prudencia, de acuerdo con el consejo del apóstol Santiago sobre la utilidad de las buenas obras y, ciertamente, cumpliendo con vuestro deber. Pero siempre, queridos feligreses, de manera moderada, tal y como corresponde a los seres racionales. Palabra de Dios. Amén.

El reverendo cerró la Biblia sobre sus notas, pero Darcy no pudo cerrar tan fácilmente la rabia y la indignación que lo estremecían. Todo su ser exigía acción, pero no se podía mover para aliviar esa necesidad, ni sabía qué acción podría satisfacer sus exigencias.

El coro se puso de pie para empezar a cantar y el murmullo de sus movimientos acompasados, sumado a las triunfales notas del órgano, despertó a Richard. Se sentó recto y parpadeó, como un búho, mirando a su primo.

– ¿Me he perdido algo? -Bostezó mientras se levantaba.

– Lo mismo de siempre -contestó Darcy, girando la cabeza, pues con una simple ojeada, su primo se daría cuenta de que algo andaba mal. Aprovechando el ritual de Richard para despejarse de su somnolencia, Darcy recogió lentamente su sombrero y su libro de plegarias. Necesitaba distraerse. Con estudiada despreocupación, se volvió hacia su primo y dijo-: Excepto cuando su excelencia, el duque de Cumberland, salió corriendo por el pasillo y confesó haber asesinado a su ayuda de cámara.

– ¡Cumberland! -Richard abrió los ojos como platos y dio media vuelta, cuando se detuvo y miró a Darcy-. ¡Así que Cumberland! Mal hecho, Fitz, aprovecharte de un pobre soldado agotado por los servicios prestados a…



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