– En esos momentos -decía el pastor- debemos recurrir a la clemencia infinita del Ser Supremo, que de ninguna manera nos somete a un juicio tan estricto que nos condene a la desilusión, sino que nos ofrece, por medio de Jesucristo, el bálsamo de una justicia divina moderada y racional. Si vuestro lema ha sido la sinceridad y vuestro credo la realización de vuestros deberes, entonces podéis descansar con justificada complacencia en la evidencia de vuestra vida.

¡Evidencia! ¿Qué placer podía brindarle a Wickham la evidencia de su vida? Con seguridad, ¡él había sobrepasado los límites de la clemencia! El resentimiento de Darcy se hizo palpable una vez más y una tenaz inquietud se deslizó por los límites de su certeza. Se recostó contra el banco y cruzó los brazos sobre el pecho, imitando la postura en que su primo dormitaba alegremente, pero sin perderse ni una sílaba del sermón.

– Y si estáis libres al menos de todos los grandes vicios -continuó el reverendo-, o habéis tenido sólo un desliz accidental, pero no caéis habitualmente en ellos, podéis felicitaros por ser inofensivos para el Creador y la sociedad en general. O si no es así -dijo y se aclaró la garganta con delicadeza- pero el balance está a vuestro favor o no es muy malo en general, cuando se sopesan con justicia vuestras acciones buenas y malas, teniendo en cuenta la fragilidad humana, podéis considerar con seguridad que habéis cumplido vuestra parte del contrato de la humanidad con el Todopoderoso y estar seguros de la recompensa.

Darcy miró al púlpito. Su mente y su cuerpo le transmitían otra vez la aversión por las acciones de Wickham, y su rabia se volvía a encender, forjando nuevos eslabones en la cadena de su profundo resentimiento.



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