– El roquet, Richard -replicó Darcy-. ¿Tú también? ¡No, por favor!


– ¿Fitz? Fitz, no creo que hayas oído ni una palabra de lo que acabo de decirte. -El coronel Richard Fitzwilliam bajó el vaso de oporto que su primo le había ofrecido después del almuerzo y se unió a él en la ventana-. Y creo que fue muy brillante, si me permites decirlo.

– Te equivocas en las dos cosas, Richard -contestó Darcy secamente, mirando todavía por la ventana.

– ¿En las dos cosas? -Su primo se recostó contra el marco de la ventana para mirar mejor su rostro.

Darcy se giró hacia él, con una sonrisa condescendiente.

– He oído cada palabra y no fue nada inteligente. Tal vez entretenido, pero nada que se pudiera calificar de brillante. -Darcy levantó su propio vaso y terminó el contenido, mientras esperaba la reacción de Richard a su ataque.

– Bueno, entonces, debo sentirme halagado de que tú me consideres «entretenido», teniendo en cuenta que eres muy exigente, primo. -Richard hizo una pausa y, enarcando una ceja, miró a Darcy con suspicacia-. Pero tienes que admitir que no me estabas prestando toda tu atención y que hoy no te has portado como siempre. ¿Hay algo que quieras decirme?

Darcy miró a su primo con incomodidad, mientras renegaba mentalmente de su aguda capacidad de observación. Nunca había podido esconderle nada a Richard durante mucho tiempo; su primo lo conocía demasiado bien. Tal vez había llegado el momento de hablar de sus preocupaciones. Respirando profundamente, Darcy se volvió hacia el acogedor refugio de su biblioteca.

– He recibido varias cartas de Georgiana en el último mes.



7 из 308