
Eran memos.
– Si tu teoría es cierta -dijo Carolyn- entonces está claro que los caballeros creen que las mujeres son también buenas para coquetear con ellas. -Aparecieron una arruguitas alrededor de sus ojos, pero Sarah percibió la profunda tristeza que invadía la mirada de su hermana-. ¿O acaso se limitan a coquetear con las plantas?
La culpa dejó a Sarah sin palabras, y jugueteó con el lazo que aseguraba su larga trenza, de la cual se escapaba un buen puñado de rizos indomables. El marido de Carolyn, Edward, había sido un hombre modelo: devoto, amoroso y fiel. No había sido en absoluto un memo. Pero Carolyn estaba acostumbrada -más que cualquier otra persona- a su franqueza.
– Sólo coquetean con las plantas después de beber demasiado brandy. Lo cual ocurre con demasiada frecuencia. Pero ahora estoy hablando de los memos del libro que hemos seleccionado y, por lo que a mí respecta, Victor Frankenstein era rematadamente memo.
– Estoy totalmente de acuerdo -dijo Julianne asintiendo enfáticamente y olvidando su usual reserva como a menudo sucedía cuando las cuatro se reunían-. Todo lo malo que ocurre en la historia, los asesinatos y las trágicas muertes, fueron por su culpa.
– Pero Victor no mató a nadie -argumentó Emily, inclinándose hacia delante-. El responsable fue el monstruo.
– Sí, pero fue Victor quien lo creó -señaló Carolyn.
– Y después lo rechazó. -Sarah cerró los puños, acordándose de la aversión que sentía por el científico y la profunda simpatía que sentía por la grotesca criatura que había creado-. Victor descartó a ese pobre diablo como si fuera basura, huyendo de él, dejándolo solo. Sin conocimientos de la vida, sin mostrarle cómo sobrevivir. Lo había creado él, pero no le mostró ni un ápice de decencia. Y sólo porque era un monstruo. Ciertamente no era culpa del monstruo ser así. No todo el mundo es hermoso. -Encogió los hombros con filosofía mientras sospechaba que la empatía que sentía por el monstruo era quizás el reflejo de su propia lucha personal.
